FÁBULA XIII
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El Milano y las Palomas.
Á las tristes Palomas un Milano, Sin poderlas pillar, seguía en vano; Mas él á todas horas Servía de lacayo á estas señoras. Un día, en fin, hambriento é ingenioso, Así las dice:--¿Amáis vuestro reposo, Vuestra seguridad y conveniencia? Pues creedme en mi conciencia: En lugar de ser yo vuestro enemigo, Desde ahora me obligo, Si la banda por rey me aclama luego, A tenerla en sosiego, Sin que de garra ó pico tema agravio; Pues tocante á la paz seré un Octavio[118].-- Las sencillas Palomas consintieron: Aclámanlo por rey: ¡_Viva_, dijeron, _Nuestro rey el Milano_! Sin esperar á más, este tirano[119] Sobre un vasallo mísero se planta: Déjale con el _viva_[120] en la garganta; Y continuando así sus tiranías, Acabó con el reino en cuatro días. _Quien al poder se acoja de un malvado, Será, en vez de feliz, un desdichado._
FÁBULA XIV
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Las dos Ranas.
Tenían dos Ranas Sus pastos[121] vecinos; Una en un estanque, Otra en un camino. Cierto día á ésta Aquélla le dijo: --¿Es creíble, amiga, De tu mucho juicio, Que vivas contenta Entre los peligros, Donde te amenazan, Al paso preciso, Los pies y las ruedas, Riesgos infinitos? Deja tal vivienda[122], Muda de destino: Sigue mi dictamen, Y vente conmigo.-- En tono de mofa, Haciendo mil mimos[123], Respondió á su amiga: --¡Excelente aviso! ¡Á mí novedades! ¡Vaya, qué delirio! Eso si que fuera Darme el diablo ruido. ¡Yo dejar la casa, Que fué domicilio De padres, abuelos Y todos los míos, Sin que haya memoria De haber sucedido La menor desgracia Desde luengos[124] siglos! --Allá te compongas: Mas ten entendido, Que tal vez suceda Lo que no se ha visto.-- Llegó una carreta Á este tiempo mismo, Y á la triste Rana Tortilla la hizo. _Por hombres de seso Muchos hay tenidos, Que á nuevas razones Cierran los oídos. Recibir consejos Es un desvarío: La rancia costumbre Suele ser su libro._
FÁBULA XV
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El parto de los Montes.
Con varios ademanes[125] horrorosos Los Montes de parir dieron señales: Consintieron los hombres temerosos Ver nacer los abortos más fatales. Después que con bramidos espantosos Infundieron pavor á los mortales, Estos Montes, que al mundo estremecieron, Un ratoncillo fué lo que parieron. _Hay autores que, en voces misteriosas, Estilo fanfarrón[126] y campanudo, Nos anuncian ideas portentosas; Pero suele á menudo Ser el gran parto de su pensamiento, Después de tanto ruido, sólo viento._
FÁBULA XVI
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Las Ranas pidiendo rey.
Sin rey vivía libre, independiente, El pueblo de las Ranas felizmente. La amable libertad sólo reinaba En la inmensa laguna que habitaba. Mas las Ranas al fin un rey quisieron: Á Júpiter excelso lo pidieron. Conoce el Dios la súplica importuna, Y arroja un rey de palo á la laguna: Debió de ser sin duda buen pedazo, Pues dió su Majestad tan gran porrazo Que el ruido atemoriza al reino todo: Cada cual se zambulle en agua ó lodo[127]; Y quedan en silencio tan profundo, Cual si no hubiese Ranas en el mundo. Una de ellas asoma la cabeza, Y viendo á la real pieza, Publica que el monarca es un zoquete. Congrégase la turba y, por juguete, Lo desprecian, lo ensucian con el cieno[128], Y piden otro rey, que aquel no es bueno. El padre de los dioses irritado, Envía á un culebrón, que á diente airado Muerde, traga, castiga, Y á la mísera grey al punto obliga Á recurrir al dios humildemente. Padeced, les responde, eternamente: Que así castigo á aquel que no examina Si su solicitud será su ruina.
FÁBULA XVII
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El Asno y el Caballo.
--¡Ah! ¡quien fuese Caballo! Un Asno melancólico decía: «Entonces sí que nadie me vería Flaco, triste y fatal[129] como me hallo. Tal vez un caballero Me mantendría ocioso y bien comido; Dándose su merced por muy servido Con corvetas y saltos de carnero. Trátanme ahora como vil y bajo, De risa sirve mi contraria suerte: Quien me apalea más, más se divierte, Y menos como, cuando más trabajo. No es posible encontrar sobre la tierra Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, Cuando al Caballo ve como pasaba Con su jinete y armas á la guerra. Entonces conoció su desatino; Rióse de corvetas y regalos, Y dijo: Que trabaje y lluevan palos; No me saquen los dioses de Pollino.
FÁBULA XVIII
El Cordero y el Lobo.
Uno de los Corderos mamantones[130], Que para los glotones[131] Se crían sin salir jamás al prado, Estando en la cabaña muy cerrado, Vió por una rendija de la puerta Que el caballero Lobo estaba alerta, En silencio esperando astutamente Una calva ocasión[132] de echarle el diente. Mas él, que bien seguro se miraba, Así le provocaba: --Sepa usted, seor[133] Lobo, que estoy preso, Porque sabe el pastor que soy travieso; Mas si él no fuese bobo, No habría ya en el mundo ningún Lobo; Pues yo corriendo libre por los cerros[134], Sin pastores ni perros, Con sola mi pujanza y valentía Contigo y con tu raza acabaría. --¡Á Dios, exclamó el Lobo, mi esperanza De regalar á mi vacía panza! Cuando este miserable me provoca, Es señal de que se halla de mi boca Tan libre como el cielo de ladrones. _Así son los cobardes fanfarrones[135], Que se hacen en los puestos ventajosos Más valentones, cuanto más medrosos._
FÁBULA XIX
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Las Cabras y los Chivos.
Desde antaño en el mundo Reina el vano deseo De parecer iguales Á los grandes señores los plebeyos. Las Cabras alcanzaron Que Júpiter excelso Les diese barba[136] larga Para su autoridad y su respeto. Indignados los Chivos[137] De que su privilegio Se extendiese á las Cabras, Lampiñas con razón en aquel tiempo; Sucedió[138] la discordia Y los amargos celos Á la paz octaviana[139], Con que fué gobernado el barbón pueblo. Júpiter dijo entonces, Acudiendo al remedio: --¿Qué importa que las Cabras Disfruten un adorno propio vuestro, Si es mayor ignominia De su vano deseo, Siempre que no igualaren En fuerzas y valor á vuestro cuerpo? _El mérito aparente_ _Es digno de desprecio;_ _La virtud solamente_ _Es del hombre el ornato verdadero._
FÁBULA XX
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El Caballo y el Ciervo.
Perseguía un Caballo vengativo Á un Ciervo que le hizo leve ofensa: Mas hallaba segura la defensa En su veloz carrera el fugitivo. El vengador, perdida la esperanza De alcanzarle y lograr así su intento, Al hombre le pidió su valimiento Para tomar del ofensor venganza. Consiente el hombre; y el Caballo airado Sale con su jinete[140] á la campaña, Corre con dirección, sigue con maña[141], Y queda al fin del ofensor vengado. Muéstrase al bienhechor agradecido, Quiere marcharse libre de su peso; Mas desde entonces mismo quedó preso Y eternamente al hombre sometido. El Caballo, que suelto y rozagante, En el frondoso bosque y prado ameno Su libertad gozaba tan de lleno, Padece sujeción desde ese instante. Oprimido del yugo ara la tierra; Pasa tal vez la vida más amarga; Sufre la silla, freno, espuela, carga, Y aguanta los horrores de la guerra. En fin, _perdió la libertad amable Por vengar una ofensa solamente. Tales los frutos son que ciertamente[142] Produce la venganza detestable._
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LIBRO TERCERO